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Leyenda: el Diablo tiene cara de caballo

Leyenda: el Diablo tiene cara de caballo

Feliciana Gómez, “Chana” como se le conoció aquí en el pueblo, cuenta una anécdota muy popular que le sucedió a “chintolo”, un señor que siempre rondaba el pueblo, de características muy particulares: sucio del rostro y las manos, llevaba consigo colgando de la espalda siempre un costal, ataba sus pantalones con un lazo de ixtle o mecate, y no hablaba mucho. Por lo que a los niños nos decían que, si nos portábamos mal, nos iba a llevar “chintolo” en su costal.

Este hombre, que infundía miedo con su sola presencia, representaba un misterio tanto para niños como para adultos, era todo un personaje, y aún más para los que vivían en la parte nueva del pueblo, su manera de andar, con pasos lentos, su mirada tosca y su falta de modales, no lo hacían precisamente un simpático por lo que no tenía muchos amigos, aunque sí fama de borracho, y en general no imponía ningún tipo de respeto, el tipo se ganaba la vida (o más bien subsistía) criando puercos, alimentándolos con desperdicio que le regalaba la gente, y por tal, su vestimenta era propia de un chiquero. Nadie sabía de donde había venido "Chintolo", ni quienes fueron sus padres, ni si tenía familia en algún lugar, y menos su propósito de estar merodeando el pueblo con su costal a cuestas.

Se cuenta que una noche, en tiempo de secas, Chintolo cruzó el río para ir a Juanacatlán; Ya que al estar cerradas las compuertas, el agua no corría abundantemente en la cascada y no era tan difícil cruzar el caudal, saltando entre las piedras, que quedaban al descubierto, así que decidió en lugar de ir hacia el puente, cruzar por debajo; mientras caminaba y brincaba iba concentrado cuidando de no caer al agua, en uno de esos saltos se percató de la presencia de una mujer de hermosa figura y larga cabellera, con un vestido blanco que ceñía su cintura sentada en una gran roca a la mitad del río.

Por un momento Chintolo se sintió aturdido con la presencia de la joven, y olvidó incluso donde se encontraba, hasta que recordó que no tardarían en abrir las compuertas y de no salir de ahí terminaría arrastrado por la fuerte corriente, así que se acercó a donde estaba la joven para advertirle del peligro y comenzó a gritar, con la voz más fuete que salía de su garganta: -ey¡ ey¡ ey¡ shht¡ shht¡- pero al no lograr que volteara a verlo se acercó todavía más para tocar su espalda. Pero se llevó el susto de su vida: Al voltear la mujer mostró una cara horrenda, como de un animal, de color oscuro, con la boca muy pronunciada, ojos ensangrentados saliendo de sus órbitas, y gimiendo muy fuerte, de más está decir que el hombre salió corriendo y gritando: ¡El diablo! ¡Es el diablo! ¡El diablo tiene cara de caballo!

Regresó al pueblo para contar su historia, pero muchos no le creyeron y si antes no tenía muchos amigos ahora menos, se obsesionó con la idea de la verdad de su historia, después se murmuró que había perdido el juicio debido a la impresión que le causó el demonio que se encontró en el río, otros decían que fue la edad, sea como fuera, el terrible incidente acabó con su paz mental y murió atormentado por el recuerdo, algunas personas contaban que por las noches mientras dormía gritaba y luchaba con pesadillas, y por el día se le veía cada vez más acabado, de su cuerpo y su semblante.

Si bien nadie le creyó, desde entonces los pobladores no cruzan por debajo del puente entre las piedras, mucho menos de noche, no vaya a ser que se crucen con el mismo diablo que dicen, tiene cara de caballo.

Sobre la autora: Verónica Becerra es habitante de la Cabecera Municipal de El Salto y promotora cultural. 


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