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Al Estilo Jalisco

Mejor me voy a los Yunaites

Mejor me voy a los Yunaites

Amanecía.

El aire llevaba hacía las casas el olor del río recargado por las lluvias. Las gallaretas comían larvas y recibían a los primeros pescadores de mojarras. En las calles del pueblo sólo se escuchaban los caballos que iban a la ordeña. Los que aún no arrancaban para el cerro, afilaban gustosos los machetes y las casangas. Era día de raya.

—Muchacho, ¿sabes qué este río donde pescas mojarras viene desde Almoloya? En pocas palabras, es un río chilango que nace de manantiales. Donde el agua se viene revolcando con la tierra de los lugares por donde pasa, hasta que cae por la cascada.

—Don Victoriano, ¿cómo sabe usted todo eso?

—Pues porque lo he visto en persona, muchacho…

El hombre guardó silencio. Algo en el agua lo hizo levantarse de la silla de tule para mirar una mancha gris metálica, sin forma, que flotaba sobre el agua. Algo más brillaba cerca de la isla. El sol rebotó su luz en los espejos grises que aumentaban en la superficie. Los hombres caminaron hasta la terraza de enfrente. Llegaron a la orilla sorprendidos de ver tanto pescado junto. Las balsas de mojarras muertas se amontonaban en una orilla de las compuertas, para irse de filo por la cascada.  

*

—Los gastos son muchos y se nos están juntando, Don Victoriano. Quién sabe si vamos a llegar a la siguiente semana, y eso, comiendo puro caldito de frijoles. 

—Hijo, no te tires a la desesperanza. Dios es grande y enviará alguien para socorrerte.

—Don Victoriano, ya pasó un año desde que se chingo el río. Los tiempos ya no son como antes. Las mojarras nadie me las compra, “que porque traen veneno del río”. Me cansé de decir a la gente necia que esa cosa negra en las tripas de las mojarras es puro lodo revuelto. Ahora salen con que es cáncer. ¡Puto, perro, cáncer!

—Todo tiene su razón de ser. Recuerda, Juan, que Nuestro Padre Redentor no se equivoca. 

—¡Qué chingados! Hace meses nos ajustaba para comprar carne. Don Victoriano, no faltaba cuando se pudiera estrenar zapatos o algún sombrero con las orillas bordadas. Ahora ni eso. Vivir nomás de puras penas y lástimas.

*

—Ya hace más de un año que no te compro ningún vestido nuevo para que vayas a misa. Seguro que las señoras en el templo ya te dicen "El Retrato". Pero no llores, vieja; esto no es culpa mía, sino de las reformas de tierra que hizo el presidente, de la cochinada que aventaron las fábricas al río.

*

—Antes hasta los elotes le dejaban a uno pa comer. Ahora no sacamos ni pal maíz quebrado de las gallinas, que ya ni huevos dan. ¡Vieja! Le hubieras hecho caso a tu madre. Te hubieras casado mejor con quien que te evitara tantas penas. Mañana saldré a buscar nopales al cerro, para acompañar de menos el caldito de frijoles con algo.

*

—Don Victoriano, yo creo que sí me voy pal Norte. Estando aquí uno no saca de apuros a nadie. Hoy, ni una mojarra vendí. Saco más pescados del río que antes, porque siguen atarantados de químico, pero ya nadie compra, Don Victoriano. ¿Quiere usted sacar mojarras? Yo le digo dónde van y se arrejolan todas. Es pal lado del Tajo. Donde las raíces de un mezquite hacen un rescoldo junto con las piedras. Nomás avientas el balde y lo sacas atiborrado de mojarras.  

—Mendigo Norte. ¿Yo no sé qué chingados van a hacer allá? Mi hijo que en paz descanse, sólo fue a que se lo comieran los buitres. Los pinches polleros me lo dejaron arriba de un mesquite muerto. Cuando lo encontraron los de la migra no quedaban más que los puros huesos. Le dije: “¿pa qué te vas? Aquí se come poco, pero se come. Hay lugares donde ni eso”. Nunca me hizo caso. 

—Yo me voy por necesidad, Don Victoriano. Un primo en Chicago me va a prestar lo del pollero. No me voy por querer estar con los gringos, sino porque aquí ya no queda de otra. Nadie quiere el pescado hediondo del río y en las parcelas no contratan. 

*

 —Mi madre murió ayer en el Hospital Civil por un dolor de panza. No quedaba mucho de mi madre. Caminaba por las calles del pueblo buscando lavar y limpiar en casas ajenas. A mi padre poco lo vemos. Está en la cantina y casi no asiste a la casa. Menos vendrá, mejor así. Porque aparecía por la casa con ojos de diablo. Tiraba la comida del fogón y atiborraba a mi amá de golpes por la noche. Dios me la tenga en su santa gloria.

*

—Hermana, voy a arrancarme pal Norte. Prométeme que vas a cuidar a los demás. Que no te vas a ir a echar novio tan lejos y tan tarde. Ese Fidel nunca me ha dado buena espina. 

—¡Ayyyyyyy! ¡Ya te dije que tú no eres nadie pa andarme diciendo con quién sí y con quién no!

—Tá bueno, tá bueno, no te endiables. Mi vieja se va a venir a vivir contigo. Échense la mano. En cuanto llegue y me den chamba, les mando algo. 

—Pssss vamos a aguantar. Pero ojalá no te vuelvas como el hijo de Don Erasmo, que cuando llegó al otro lado se olvidó de su familia que tenía aquí en el pueblo.

—¿Cuándo mi amá ha criado puercos en esta familia, Verónica? Me voy para que aquí estén mejor, no pa quedarme a pasear con los gringos. Si me tardo, no piensen que me olvidé de ustedes. Ya les mandaré algo.  

*

 A Pedro y a mí se nos hizo oscuras al cruzar el Río Bravo. Pedro se abrió la cabeza con una piedra cuando la corriente lo arrastró. 

—Compadre, nos vemos donde termina el río —me dijo.

Fue la última vez que lo vi y que él me vio a mí.  

En el paso del Norte, tras dos días sin comida y sin agua, una cascabel me chingó en el talón. Fue al dar mi segundo paso en Texas. Me mordió por la correa del huarache, tantito más abajo. Ellos piensan que me olvidé de su hambre y sus penas al llegar a los Yunaites. 

Mejor me hubiera quedado a vender mojarras en mi pueblo.

Por: Ramiro Corona

Sobre el autor: Ramiro Corona es naturalizado por voluntad como originario de Juanacatlán Jal. Su pasión por la investigación le ha permitido conocer e instruirse en diferentes universidades alrededor del mundo. Es un voraz lector de literatura, un oportunista poeta y si bien es diestro para escribir, es zurdo en su pensamiento.