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Al Estilo Jalisco

El Puente del Diablo

El Puente del Diablo

A José Manuel Gutiérrez Alvizo y su terruño


—Oiga, compadre, ¿y cómo fue que conoció a María Consolación?

—Pues que le digo, compadre. María fue como una bendición caída de "arriba". ¿Recuerda el puente en el que estuve trabajando por años? Ese al que la gente le puso “El Puente del Diablo”.

—Sí, ya sé cual. El que te cruza pa’ Zapotlán de los Tecuejes.

—Pues yo hacía ese puente cuando conocí a mi Consolación y al diablo en persona. La historia no es corta, compadre. Pero si trae tiempo, nos la aventamos.

—Ya está pardeando la tarde y nadie me espera. Échesela. 

*

Todo empezó cuando el Padre Juan de Beruete me encomendó terminar el puente porque todos los peones jalaron pa’ las minas. Y ora sí que acepté por la necesida. Ya no tenía cosas para hacer en su hacienda. Me dijo: —te tengo un proyecto “bueno”, de varios años—. Cuando llegué aquí y vi el armatoste, que le faltaba mucho pa’ ser puente, primero me cayó el desánimo, pero me lo fui mareando con la pensada de una jornada segurita y larga. 

Los primeros meses trabajé de sol a sol seis días a la semana, pero poco se veía la avanzada. Llegó el frío y con eso las heladas. Empecé a llevarme vino para calentar la sangre y hacer más llevadero el trabajo. Una mañana tempranito mientras la neblina estaba por los suelos, llegó el padre Juan a la obra. Me dijo que el trabajo del puente iba lento, qué si estaba trabajando los días acordados. Le contesté que trabajaba hasta de más. Que la cosa se ponía difícil sin peones. El padre ni creyó mis palabras. De un puntapié mandó a volar mi botella de aguardiente al río.

Semanas más tarde, cuando terminaba uno de los colados del puente me llegó el agüite del tiempo. La noche era fría y el cielo estaba escamado de estrellas. El viento silbaba en los árboles y el río batía el zoquital que bajaba de Juanacaxtle.

Estaba harto de todo, compadre. Empecé a tomarme mis buenos fajos de tequila y a maldecir al de arriba, al padre Beruete que me había dado el trabajo; es más, hasta me maldije a mí mismo por aceptar hacer el puente. Saqué una moneda de plata y la lancé pal río, pidiendo que la chingadera eterna se terminara. 

Al poquitito después, ya no se veían las estrellas en el cielo. Nubes negras llegaron, se amontonaron y formaron un túnel a lo ancho de toda la vista. Algo se estaba cuajando en el cielo. Se me enchinó toda la piel. Pensé de primero que era por el frío. Así que me eché otro fajo de tequila.

Terminaba de subir la herramienta a la carretilla para irme a seguirla, fue cuando lo vi. Estaba parado del otro lado del puente, en la parte que aún no empezaba a construir. Traía puesto un traje negro. 

De un momento a otro sonó un chispazo, después el diablo ya estaba a mi lado. Me llamó por mi nombre y me dijo que si quería, él podía terminar el puente antes del amanecer, pero a cambio tenía que darle mi alma. 

—¿Y cómo era o qué, compadre?

—¿Mi alma o el diablo?

—Psst, el diablo.

—Ah, pues era como cualquier gente. Pero tenía algo oscuro debajo de los ojos. Haz de cuenta como cuando las sanguijuelas te machacan la piel. Así. Era alto, más alto que usted y más elegante. De peinado relamido. Olía mucho a mina y a azogue.

—¿Y qué le dijo usted después, compadre?

—Pues, la mera verda, yo ya estaba bien girito. Le dije harto de todo. Que si quería mi alma por terminar ese pinche puente. Adelante. Al cabo el alma dicen no sirve pa’ mucho.

—Compadre, mire. Ahí viene su esposa, María Consolación. 

—Ah, pero a que buena ora llegas, amor mío. Le estaba contando a mi compadre cuando me salvaste de que el diablo me chingara el alma. 

—Sí, esa noche no me la puso fácil mi viejo. Compadre, ¿cómo usted cree que Cristo Redentor iba a aceptar que se llevaran un alma? 

—María, cuéntale mejor tú al compadre, cómo fue que te madrugaste al diablo.  

*

Esa noche me encontré a Jorge en la plaza bien borracho, balbuceando puras tonterías. Mi sobrina Juanita me ayudó a juntarlo y llevarlo para su casa. Cuando lo acostamos en el catre, empezó a parlotear que había terminado el puente. Todo a cambio de darle su alma al diablo al amanecer. Y bien el padre dijo esa noche en misa, que en los meses de frío el maligno viene más a los pueblos para llevarse almas. 

Yo no podía dejar las cosas así, porque juré a la Divina Providencia cuidar a toda persona que viera descarriada del camino del Señor. Dejé a Juanita cuidando a Jorge y me arranqué para el puente.

Ahí estaba el maligno. Construyendo a diestra y siniestra el puente. Se había multiplicado en muchas sombras que ponían y ponían piedras para terminarlo cuanto antes. No sabía qué hacer, a ese paso el alma de Jorge le pertenecería pronto al diablo. 

Ladina se me ocurrió multiplicar mi socorro a la Divina Providencia, que me aconsejó adelantar el amanecer. Así el diablo no podría terminar el puente como dijo, y dejaría el alma de Jorge en paz.

 Lo primero que hice fue ir con las esposas de los galleros del pueblo. Las convencí de que en dos horas más, cuando campaneara el templo, les pegaran a todos los gallos un cuartazo en la cresta. Así cantarían todos parejitos como al amanecer. Ya sé que en eso obré mal, pobres gallitos, ellos que culpa tienen, pero cambiar males chiquitos por buenos más grandes, se perdona a veces.  

Con los puros gallos no era suficiente para granjear al diablo de que había amanecido. Me arranqué entonces con mi tío Crispín que manejaba los trenes. Después de un rato lo convencí de que hiciera silbar los trenes luego de que los gallos cantarán en el pueblo. Con eso orquestadito, sólo nos quedaba hacer que saliera el sol más pronto.

Pensé y pensé, pero ni juntando todo el petróleo del pueblo se hacía algo que se pareciera al sol. Recordé de milagro mis comienzos con las monjas Agustinas. Que pregonaron en una de sus enseñanzas, que el Santísimo rodeado por un círculo de fuego, tenía una fuerza casi como la del sol. Saqué con la ayuda del sacristán el Santísimo y lo llevamos a la loma. Armamos con palos y zacate burro un liencito alrededor de él. Sólo había que esperar chiflarán los trenes.

Cuando todo el alboroto comenzó a sonar, el diablo no hallaba ni dónde meterse. Primero vimos que bajó volando a la oscuridad del barranco. 

—¡Está agarrando fuerzas! —gritó el sacristán.

Luego subió como una flecha negra y se detuvo a la mitad del cielo. Buscaba desesperado por entre las calles del pueblo a Jorge, a toda costa quería llevarse su alma. 

Sonaron los trenes y eso que volaba se estrelló en el kisoko y cayó al suelo. Lo vimos arrastrarse en el adoquín de la plaza, buscando cualquier alma para llevársela. El sacristán aventó el cerillazo al zacate y el pueblo se iluminó por completo. La luz rebotaba por todas las ventanas y llegó hasta la plaza. Aquella cosa que era el diablo se empezó chisporrotear en un humo que disiparon los divinos rayos del Santo Santísimo. 

Al siguiente día Jorge no hallaba ni dónde meterse. La gente del pueblo lo quería aventar al barranco por hacer tratos con el diablo. No hubo de otra  y juró por lo más sagrado de estas tierras que terminaría el puente sin cobrar un solo quinto. De cómo estamos juntos, eso ya se lo debemos a la Divina Providencia…


Ramiro Corona

Sobre el autor: Ramiro Corona es naturalizado por voluntad como originario de Juanacatlán Jal. Su pasión por la investigación le ha permitido conocer e instruirse en diferentes universidades alrededor del mundo. Es un voraz lector de literatura, un oportunista poeta y si bien es diestro para escribir, es zurdo en su pensamiento.