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Cuentos del Pueblo: El misterio de la fábrica textil

Cuentos del Pueblo: El misterio de la fábrica textil


I.

Ellos están cada vez más cerca de atraparme. Hoy por la mañana los he visto merodear en la calle donde vivo. Cada día que transcurre temo más por mi vida. Morir quizá degollado por el hombre del sombrero u otro de los muchos que son allí abajo. Es inútil intentar escapar. Han intentado matarme. Ellos están por todas partes. Además ¿a dónde iría? No tengo a dónde ir. Así que a ti y a todos los que lleguen a leer esta historia, quiero decirles que la fábrica textil de El Salto no es un lugar abandonado como todos piensan. 

Mi nombre si de algo importa en este punto es Óscar Coronel. Y todo comenzó hace un par de meses cuando esperaba el primer camión rumbo a Guadalajara. Así que, acurrucado por el frío de diciembre me senté a esperar la ruta“Alameda” enfrente del campo del Río Grande. La mañana estaba llena de neblina y no se podía mirar más allá de unos metros. El olor del río a hierba con químico aumentaba y me subí la bufanda hasta la nariz para respirar a través de ella. 

Fue ahí cuando lo vi. Serían alrededor de las tres con quince de la mañana. Un hombre solitario caminaba a la mitad de la calle con dificultades. Algún cojo o enfermo que iba al seguro, pensé. Llevaba puesto un traje negro que le quedaba grande y sombrero. El traje de seguro no le pertenecía, el sombrero tampoco porque lo sujetaba con una mano al caminar. Era un hombre moreno de proporciones pequeñas y el traje tendría las dimensiones de un luchador. Llegó hasta a mí y se detuvo para recuperar el aire dejando una gran bolsa en el suelo. 

–Buen amigo. Buenos días –me dijo tartamudeando en voz baja. 

–Buenos días –respondí a secas.

–¿Sabe cómo puedo llegar a la fábrica textil? –dijo mostrando los dientes y mirando hacia el lado opuesto en el que estaba. 

Por un momento dudé si era a mí a quien se dirigía. Pero pensé ¿a quién más?

–Sí. Se va a ir por esta calle hasta el final del empedrado. Después cruce la calle que sube y siga derecho por el camino de árboles. Topará con una gran pared de ladrillos que es parte de la fábrica. De ahí, ya sólo tiene que dar vuelta a su izquierda y pasando una escuela encontrará la entrada –le dije mientras desenredaba mis audífonos.

El hombre se quedó pensando en las indicaciones que le di como si le costará trabajo entenderlas. Murmuraba en voz baja las cosas que le dije para memorizarlas cuando subió el rostro y pude verle los ojos. Eran de color gris con blanco. Mientras me miraba uno de sus ojos se dirigía hacia la izquierda, el otro intentaba encontrarme el rostro. 

Es ciego, razoné. Fui demasiado duro con las instrucciones que le di. Nunca antes le había dicho a un ciego como llegar a algún lugar. Así que quise sentirme menos culpable y decidí escoltarlo.

–Sí gusta yo puedo acompañarlo –dije–. Son sólo un par de cuadras y tengo tiempo. Vamos.

–Gracias, dios se lo agradezca –dijo el hombre con voz hipócrita.

Quizá se diera cuenta de que trataba de remendar mi mala actitud. Pero cómo iba a saber yo que era un ciego. No llevaba lentes negros. Siempre pensé que los lentes negros eran indispensables para los ciegos. Que más daba si había sol o no para llevarlos, es ciego.

Puse mi mano en su hombro sin cargarle peso para dirigirlo y me ofrecí a llevar su gran bolsa. Caminábamos lentamente hacia la fábrica. Deteniéndonos cada cierto tiempo para que el ciego tomará aire. Lo veía con atención ¿estaría completamente ciego? Daba igual. Los agujeros de su nariz crecían al doble cuando metía el aire a su cuerpo. La luz de una lámpara me reveló el aspecto asqueroso que tenían sus manos. Llevaba las uñas largas, algunas pintadas de negro y otras al natural de un gris mugroso. Llevaba cuatro anillos en la mano izquierda y pulseras negras en las muñecas. Suerte de ciego vine a acompañar, me dije. 

Me detuve en la puerta de la escuela de Las Ortiz con el ciego del brazo para ver si ya había llegado Don Nico. No vi ninguna luz. Continuamos caminando sin decir nada. Llegamos a la puerta de alambre de la fábrica. Estaba cerrada con una cadena y candado. Miré mi reloj, eran tres con cuarenta. 

–Bueno. Aquí lo dejo. Ahí enfrente está la reja de la fábrica –dije al ciego para ya librarme de él–. Ya es hora de irme, que tenga buen día.

–Gracias por traerme amigo –dijo el ciego con voz nerviosa. 

Caminaba sobre la banqueta de la escuela y me detuve con la tentación de mirar atrás para saber si el ciego me veía. Estaba de pie donde lo dejé. De repente dos hombres salen de la reja y lo sujetan de los brazos y lo meten arrastrando hacia la fábrica. Uno de los hombres lleva puesto un sombrero, el otro es muy alto. 

–¡Fuiiiiiiiiit (silbido)! ¡Déjenlo hijos de su puta madre que está ciego!

Corrí hasta a la puerta de la fábrica para saber que le estaban haciendo al ciego. Obvio no creí ser de mucha ayuda para él contra semejantes tipos. Qué es lo que yo iba a hacerles. Cuando llegué a la reja no había nadie, todo se había perdido en la oscuridad de la fábrica. Veo que la bolsa del ciego esta del otro lado. Meto la mano entre el alambre roto y la jalo. Alcanzo a escuchar pasos que se dirigen a mí y corro con rapidez hasta la calle Cien. Me detengo para mirar hacia la reja. El hombre del sombrero me observa desde allí. La luz de la entrada hace brillar un cuchillo que lleva en la mano. Es como una larga hoja brillante. Sabe que tengo en mis manos la bolsa que llevaba el ciego.  


II.

Los días siguientes no fui a esperar el camión ahí. Decidí caminar más y tomarlo en el “Arco”. Presentía que esos pendejos podrían agarrarme muy fácil en la soledad y la falta de luz de la zona del seguro. Allí fácil que acorralas a alguien por el DIF o por la plazita. 

De lo que traía en la bolsa el ciego y que no me causó gran interés enlisto lo siguiente: 

- 2 barras grandes de maquillaje de fantasía color carne

- 4 cajas con 7 lentes de sol cada una (de baja calidad)

- 3 bronceadores

- 5 maquillajes en polvo de diferentes tonos 

- 3 gorras de equipos de futbol distintos.

Todo estaba nuevo. Una nota dentro de la bolsa me dijo que las cosas se habían comprado en Guadalajara. Por supuesto que las cosas no eran del ciego. Con dificultades creí que se bañara como para maquillarse. Además, él no llevaba puestos lentes de sol para esconder su ceguera. Así que lo más probable es las cosas eran un encargo. 

Durante varios días pensé porqué esos hombres metieron al ciego por la fuerza a la fábrica. Lo primero que descarté fue el asalto. Pues el ciego se dirigía directo a la fábrica y por lo que alcancé a ver, ellos estaban adentro. Supuse que esperándolo. Quizá esos dos son veladores de la fábrica abandonada.

Decidí ir a las afueras de la fábrica en la camioneta de mi padre. Me estacioné primero en la calle Real y la Doscientos. Desde ahí, con binoculares vería si ellos salían en algún momento. No tuve ningún éxito. Mi segundo puesto de vigilancia lo monté en la calle Cuauhtémoc, que es la que pasa por abajo del templo y por un lado de las canchitas. Dos veces, en las escaleras del templo me pareció que algunas gentes (un hombre, más tarde dos mujeres viejas), no eran simples personas que caminaban por ahí. 

Tres días después regresé por la noche a la vigilancia. Me pareció ver a las mismas mujeres bajar las escaleras del templo y después bajar las de la cancha. Bajé de la camioneta para seguir su camino desde el barandal que hay en la Cuauhtémoc. En realidad no vi a las mujeres caminar hacia ningún lado. Vacilaban platicar debajo de las escaleras cuando me asomé. Después una de ellas caminó por la calle Gómez Parra en dirección al mercado. La otra, bajo por la calle Cincuenta y se perdió en la oscuridad de la noche.

Todo esto lo digo cuando ya no me queda nada por saber; así también cuando después de que nos asaltan en la calle nos acordamos de que vimos a extraños pasar antes cerca de nosotros. Al paso de una hora las dos mujeres (una a la vez) entraron a la fábrica por la calle cerrada de las canchitas. Lo que encontré me dejó sorprendido. Ellos están ahí y ni siquiera saben que su historia escrita inicia en el siguiente párrafo. Por mi parte no hubiera querido delatarlos. Pero mi seguridad está comprometida y no puedo hacer más que compartir estas palabras con ustedes.

Curiosamente, lo primero que me interesó de ellos fue cómo vivían debajo de la fábrica. Cómo conseguían la comida, pero antes de eso, cómo conseguían el dinero para comprarla. El método no es simple, me tomó dos semanas averiguarlo y si hay algunos huecos en mi descripción es porque hasta ahora es todo lo que sé. 

Todos ellos trabajan en las empresas del corredor industrial de nuestro municipio y solemos ubicarlos (o al menos eso creía). Los vemos todos los días en las fábricas. Son esos compañeros que suelen por lo regular pertenecer a religiones extrañas. Nunca llegan tarde a la empresa y trabajan como si fueran un reloj cronometrado. Ellos no suelen asistir a las posadas y convivios del trabajo. Conviven muy poco con los demás, apenas dicen lo necesario y siguen trabajando. Raramente se les ve comer acompañados en el comedor, a menos que dos o más de ellos trabajen en la misma empresa. Generalmente visten ropa formal aún los domingos y siempre huelen a menta. Regresan por la noche a la misma fábrica, a su hogar; todos por intervalos de tiempo que no tienen una explicación ni duración exacta. Pueden pasar veinte minutos o dos horas sin ver a ninguno de ellos bajar las escaleras, cruzar la calle o llegar en bicicleta a la fábrica textil. El resultado al final es que todos sus ingresos van para mantener la sociedad ahí dentro. 

La comida les llega en camiones por la calle Cincuenta. Así que pienso que la ropa y los artículos personales llegan de la misma forma. Mis cálculos indican que ahí abajo viven más de doscientas personas. El cálculo lo he establecido de la siguiente forma: el camión que les lleva pollo acude a la textil una vez por semana. De él bajan alrededor de siete cajas de pollo. Cada caja contiene en su interior ocho pollos, que multiplicándolos por las cajas dan cincuenta y seis. Si de un pollo comen alrededor de cuatro personas, como mínimo hablamos que semanalmente “ahí abajo” se alimentan doscientas veinticuatro personas. 

Por supuesto que no todas las personas que viven bajo la fábrica trabajan o suben a la superficie. Me atrevo a pensar que tienen roles como los de algunas tribus antiguas, donde ciertos miembros se dedican a realizar tareas diferentes. Algunos elaborarán la comida, otros desempeñarán tareas de vigilancia y supongo que habrá quienes capten a nuevos integrantes. Esta última actividad la corroboré cuando vi a un hombre y una mujer en la plaza repartiendo volantes de una nueva religión –¡eran tan pálidos–. No hizo falta que me acercara para darme cuenta que en la piel llevaban una gruesa capa de maquillaje. Llegado a esto, todo lo demás era evidente. El ciego al que acompañé en el pasado les compraba las cosas que favorecían su anonimato en la búsqueda de sus reclutas enfermizos. El ciego entonces estaría muerto desde el día que lo hundieron en la oscuridad de la fábrica. 

III.

La costumbre de viajar en camión me ha enseñado a dormir desde que me siento. Los que viajan continuamente en autobús como yo, entenderán que se forma una memoria del trayecto que nos hace saber dentro de nuestro sueño en que momento debemos bajar. Pues bueno, la semana pasada viajé de madrugada hacia Guadalajara. Recuerdo que de forma rápida al subir conté tres personas en el autobús. Me siento y el ruido del motor me arrulla y rápido me veo envuelto en un sueño. 

De pronto siento que el camión se detiene. Aún con los ojos cerrados pienso que no podríamos haber avanzado mucho. Por lo que estaríamos en la Alameda o más adelante. El camión demora un par de minutos en arrancar después de que dos personas bajan. En ese momento, alguien por detrás de mi asiento intenta ahorcarme con un cable. Lucho como puedo contra quien me ahorca. Es imposible gritar sin aire en los pulmones. Que alguien en el autobús me ayude, imposible está vacío. Rápido saco mi cúter de la mochila y rajo la cara de quien me ahorca. El hombre grita de dolor y retrocede unos pasos por el pasillo. Es el hombre del sombrero. Me han tendido un cuatro dentro del camión. Pienso. Seguro que el chofer forma parte de ellos y ayuda en mi asesinato. No me queda ningún remedio y me arrojo por la ventana del camión.

Tengo cuatro días en el hospital y gran parte del tiempo lo he utilizado para escribirles esta historia. No sé cuántos días me quedan de vida. Pero ellos se las arreglarán para que sean muchos menos de los que necesito para terminar de descubrirlos y denunciarlos. De cualquier forma sé que terminaré hundido en la oscuridad de la fábrica. Muerto. Descuartizado por el cuchillo brillante. 

Su número irá poco a poco en aumento y llegará el día en el que tengan que asesinar a otro que como yo se ha dado cuenta de su existencia.

Recuerden, ellos están por todas partes y…


Ramiro Corona.

Por Ramiro Corona.

Sobre el autor: Ramiro Corona es naturalizado por voluntad como originario de Juanacatlán Jal. Su pasión por la investigación le ha permitido conocer e instruirse en diferentes universidades alrededor del mundo. Es un voraz lector de literatura, un oportunista poeta y si bien es diestro para escribir, es zurdo en su pensamiento.