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Cuentos del Pueblo: ¡Cosas del diablo!

Cuentos del Pueblo: ¡Cosas del diablo!

Esa noche mi papá y yo bajamos del cerro Papantón. Nos agarró la lluvia poquito después de dar los primeros pasos hacia el pueblo. El sabor agua terrosa se mezcló con sudor al correr por mi cara. El agua tenía mejor sabor que en mayo, pues ya era lluvia de avanzada y se limpia cuanto más avanza el temporal. 

Nos refugiamos en un árbol hasta que la lluvia terminó. Cruzamos por el lado de la loma y no quisimos caminar más. Nos dio miedo lo que vimos. Encorvados, nos escondimos detrás de un lienzo y miramos a la mitad de una parcela un círculo de fuego. Era extraño ver algo encendido recién acabada la lluvia. Nos acercamos poco a poco. Esparcidos por todo el terreno y alrededor del fuego, una treintena de fulanos. Hacían no sé qué cosas.

–¡Han de ser cosas del diablo, Juan! –gritó mi padre.

–¡Shsssss! Silencio, que nos van a oír, apá –le dije.

Los hombres danzaban en orden. Movían su cuerpo arriba-abajo y su cabeza casi tocaba la tierra roja. Usaban ropa de ciudad y encima de ella harapos viejos de indio. No vi a nadie conocido bailando entre el fuego. Llevaban puesto un tipo de penacho, con pocas plumas, quizá sólo tres o cuatro dirigidas hacia la luna. 

–Juan. Han de ser satánicos. Ya vámonos, porque nos van a salar. 

–Quizá, apá. Más salados ya no podemos estar. Espérese, hay que ver qué hacen.

–Tu padrino me ha contado ver gente de fuera agarrar camino para acá. Quién sabe qué maldades están haciendo.

Me molestaba ver gente de ciudad en el pueblo. Sólo venían aquí para llevarse a las muchachas bonitas. Durante las fiestas presumían los carros que no alcanzábamos a comprar. Si todo esto ya era poco, también venían aquí a hacer cosas malditas.

–Ya vámonos de aquí, hijo. Esto no me da buena espina. Rodeemos mejor por el Cristo Rey. 

–Tal vez si sean satánicos, apá. Van a traer el diablo al pueblo.

–Ya guarda esa escopeta. No vayas a hacer una tontería, Juan.

–Esta parcela es de Don Ricardo, tu amigo. ¿Vas a dejar qué se la salen completita? Míralos, ya están trayendo al diablo.

–Ya no pienses más dagas, Juan. Vámonos. Tu madre nos espera en casa.

No le hice caso a mi padre y tiré un escopetazo al viento. Todos se asustaron como coyotes y salieron corriendo del terreno. Brincaban el lienzo como liebres perseguidas. La fogata ardía a solas. Mi padre y yo saltamos el lienzo. Caminamos despacio con las escopetas listas. 

–¡Fíjate si no ha quedado nadie, Juan! 

Caminé despacio surcando el terreno. Estábamos solos. 

–¡Ven a ver esto, apá!

El animal estaba vivo dentro de la mancha de sangre. Sus tripas calientes sacaban un vapor oloroso. Tenía entre la piel y el hueso de las patas, popotes de fierro por donde escurría sangre. Tambaleé de ver tanto rojo en el pasto seco. 

Decidimos bajar al pueblo a traer gente. Bastó decir que vimos gente de ciudad haciendo cosas satánicas para que quince gentes se unieran a nuestra labor. Sacamos de los cajones las municiones, los machetes, y del establo descolgamos los piales. Pasamos por “El borrego” en el barrio Piri, un albañil que conoce el cerro del Papantón como su mano.

Empezamos la búsqueda de satánicos a las nueve de la noche. Uno a uno los agarramos con la ayuda del Borrego, que conocía todos las cuevas, lomas y escondites. Apialamos de las manos y de los pies a veintidós fulanos. Los acomodamos en la camioneta unos arriba de otros y nos arrancamos para el pueblo.

Triunfantes de nuestra hazaña, bajamos a madres del cerro. La noche era fría y silenciosa. Con el olor de tierra húmeda en el aire. Mi padre y El Borrego iban atrás vigilando la captura. Yo, manejaba la camioneta. Quién sabe si los satánicos irían rezándole al diablo. Yo presiento que alguien los ayudó a salvarles de las cosas que la gente les iba a hacer llegando al pueblo. En el crucero de la Mesita nos volteamos. Por entre las oscuras y altas hierbas salió un toro negro que volteó la camioneta. De milagro salí con vida. Atarantado por el golpe busqué a mi padre y lo encontré dormido. El Borrego gritaba entre las hierbas. Lo arrastré retorciéndose del dolor, tenía una pierna quebrada.  

A duras penas llegamos cargando al Borrego a la plaza del pueblo. Estaba llena de gente que esperaba la llegada de los satánicos. Venían dispuestos a lincharlos, armados de piedras y palos. “Pueblo chico, infierno grande”, dijo mi apá. Pues ni con satánicos ni nada llegamos. Todos se escaparon en el cerro y desaparecieron en la oscuridad de la noche. Sólo llegamos nosotros tres. Raspados, mugrosos, con huesos quebrados. El Borrego, sin dientes, diciéndole a todo mundo que mejor ni lo hubiéramos invitado. Dicen en mi pueblo que los satánicos aún andan sueltos.

Por Ramiro Corona.


Ramiro Corona.

Sobre el autor: Ramiro Corona es naturalizado por voluntad como originario de Juanacatlán Jal. Su pasión por la investigación le ha permitido conocer e instruirse en diferentes universidades alrededor del mundo. Es un voraz lector de literatura, un oportunista poeta y si bien es diestro para escribir, es zurdo en su pensamiento