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Pólvora y hechicería en Río Grande

Pólvora y hechicería en Río Grande



Su esposa no paraba de sangrar.

Tenía dos días en cama, débil, y sus cuatro hijas pequeñas bramaban por las noches porque tenían hambre y estaban sucias.

—¡Ya levántate, Bernardina! No tienes nada. ¡Tengo hambre y tus hijas también! —le exigía a gritos su esposo Isidro antes de irse a trabajar a la comisaría de la Fábrica Textil Río Grande.

La mujer no podía más. Sus pocas fuerzas las utilizaba para alimentar a sus hijas, una de ellas aún de pecho. Después volvía a su cama.

Vivía en la Calle 100 de la colonia obrera. Habían llegado apenas hace un par de años a vivir ahí desde Acatlán, con la ilusión de poder comer tres veces al día.

—Allá por la cascada de Juanacatlán hay mucho trabajo en la fábrica de telas y también puedes ir a pescar al río —escucharon un día.

En Acatlán apenas tenían para comer y el hombre de la casa pasaba días sin aparecerse, sin llevar dinero, y Bernardina, sometida, no opuso resistencia a ese cambio de pueblo, con la ilusión de que su suerte cambiara.

Ella quería regresar con su familia a Ixtlahuacán de los Membrillos, donde como niña fue feliz, pero a los quince años "se la robó" Isidro, le hizo un hijo casi sin que ella se diera cuenta y la casó, prometiéndole que se haría cargo de ella, "como si fuera su hija".

Isidro era quince años mayor que ella. Un hombre de 1.80 metros, blanco, de bigote tupido.

La violencia y la orfandad marcaron la niñez del hombre. Nunca habló con nadie de ese dolor profundo que lo acompañó durante toda su vida, y él nunca pudo realmente conocer e identificar eso que sentía.

Bernardina aceptaba golpes, gritos e insultos de su esposo, porque eran por amor. Incluso muchas veces nalgueó a las bebés, porque no paraban de llorar por la noche y el hombre necesitaba descansar.

Ante los maltratos, Bernardina, desesperada e impotente, les tapaba la boca a sus niñas para que dejaran de llorar, mientras se escondía bajo la cama, sobre el suelo de tierra de su habitación.

Era 1919 ya en Juanacatlán e Isidro encontró rápido una oportunidad en la policía de la Fábrica.

Pronto se ganó el respeto por su presencia autoritaria, su falta de compasión para tratar a los detenidos y por mantener alejadas con régimen autoritario las protestas de los obreros que buscaban mejores condiciones de vida. Pronto fue nombrado Comisario Municipal.

Bernardina ya no quería más hijos, sobre todo si era otra niña. Pensaba en su sufrimiento y en el de ellas. Ideaba en secreto un plan para regresar a Ixtlahuacán, con sus padres, pero le temía a Isidro, y también a la condena de la iglesia por haber abandonado a su esposo.

Un día, mientras lavaba la ropa en una de las piedras del río, escuchó entre murmullos una plática entre dos mujeres.

—La que dicen que es bruja me sacó al hijo. Vive afuera de La Muralla, caminando derecho como diez minutos; es casi la única casa allá… y hasta los policías la visitan y la cuidan —oyó Bernardina sin hacer ninguna pregunta ni contacto visual.

La mujer ya sabía que otra cría venía en camino y eso la aterrorizaba.

Desesperada, una tarde dejó a sus hijas en casa, se vistió de negro, se puso su velo y caminó a paso rápido afuera de La Muralla. Casi nadie la conocía en la colonia. No platicaba con nadie y salía lo menos posible, por temor a que se molestara su esposo.

Al salir de la colonia obrera contó cada paso como si fuera un segundo, hasta llegar a los diez minutos. Preguntó por Esperanza a un anciano montado en un burro.

—¿Usted busca a la bruja? —le devolvió la pregunta el anciano.

Bernardina no contestó. Se quedó en silencio.

—Aquí solo conozco a una Esperanza y vive aquí adelantito... y es la bruja.

Bernardina no contestó y caminó directo allá, rumbo a lo desolado.

La pequeña casa de adobe no tenía puerta, sólo una tela sucia tapaba la entrada, y Bernardina ingresó sin pedir permiso, por miedo a que alguien la viera.

—Sabía que vendrías —le dijo Esperanza, una mujer de cuarenta años, rubia, flaca y ojeruda.

Bernardina percibió en la casa de la bruja ese extraño olor que antes había notado en el uniforme de su esposo.

—¿También vienes porque quieres un malparto? Ya pocas vienen a limpias, salaciones o trabajos de magia negra. ¿Cuánto tienes de embarazo?

Bernardina volvió a guardar silencio y, sin quitarse el velo negro, movió su cabeza para decir que sí.

La bruja se dirigió a su cocina, tomó un frasco y se lo entregó en las manos a Bernardina.

—Mujer, tómate un poco en la mañana y en la noche, y no me vuelvas a buscar. Yo no te di nada. Nos pueden meter a la cárcel a ti y a mí por esto. 

Bernardina lo tomó, le dejó unas monedas en la mesa y se retiró a paso rápido.

Al llegar a casa, escondió el frasco en una esquina, bajo la cama.

Esa misma noche, cuando sus hijas dormían y su esposo no estaba, tomó un poco a cucharadas y sintió a los minutos que le quemaba algo en el vientre, y un dolor que no la dejó dormir.

Acostada, con su sufrimiento y el sonido de la caída de la cascada de fondo, sintió que odiaba Juanacatlán y a su esposo, y también se odiaba a ella misma por no querer otra niña.

El poco tiempo que durmió soñó que caminaba por el puente rumbo al pueblo y que caía a la cascada junto con sus cuatro hijas. Gritó en el sueño y gritó en su cama. Sintió un poco de alivio y volvió a dormir.

Amaneció y despertó con dolor, su esposo aún no había llegado y se volvió a tomar lo que la bruja le dio, tal como se lo indicó.

Al llegar por la tarde, Isidro, todavía con su uniforme de comisario, encontró una casa sin comida; su esposa aún estaba en cama, y sus hijas lloraban y jugaban en el suelo de tierra.

Le sacó las mantas de encima y encontró a Bernardina vestida.

—¡¿Qué pasa, mujer?! ¡Levántate, tengo hambre! —la voz de Isidro resonó en la pequeña habitación, imponente en su uniforme de Comisario.

—No me siento bien, Isidro. Me llegó la regla muy fuerte —dijo, tratando de esconder los trapos rojos bajo su vientre—. Te voy a preparar algo de comer.

Llegó la noche y los dolores y el sangrado no paraban, e incluso aumentaban. Aún así se tomó su otra dosis, pensando que aquello ya estaba por terminar, pero, por el contrario, le desató un infierno.

No durmió. Sentía su cuerpo hirviendo, y entre las pesadillas, el olor de esa sangre y los llantos de sus hijas, pensó que ya no deseaba vivir.

Por la mañana, con sus pocas fuerzas, se lavó e hirvió los trapos. Su vientre no dejaba de sangrar.

Por primera vez sintió morirse y le aterraba irse y dejar a sus hijas solas con su marido.

Pensó en hablar con él, mentirle o contarle la verdad, pero convencerlo de que la llevara al médico de la Fábrica, aunque ahí descubrieran su pecado

—¡Ya levántate, Bernardina! ¡No tienes nada!

—Isidro, he estado sangrando mucho y estoy muy caliente.

—¡Ya levántate, Bernardina! No tienes nada. ¡Tengo hambre y tus hijas también!

Sin fuerzas, la mujer le preparó comida al hombre y se sentó a su lado.

—Isidro, llévame al médico, me siento muy mal, estoy sangrando mucho de la regla y estoy muy débil —susurró ella, sintiendo que la vida se le escapaba por entre las piernas.

Isidro la observó y la escuchó por primera vez en varios días. La notó pálida y con la mirada perdida. Recordó que le habían contado que dos mujeres habían ido al médico de la Fábrica, también con un sangrado por donde nacen los hijos, y que las dos habían contado que la bruja Esperanza las había hechizado.

—Mujer, ¿te hechizó la bruja? —preguntó Isidro.

Bernardina se quedó en silencio, con los ojos cerrados y la cabeza abajo.

—¡Mujer, contéstame!

Ella asintió levemente con la cabeza, mientras su hija pequeña lloraban en el suelo pidiéndole los brazos.

Isidro se paró de la mesa y salió de inmediato de su casa, aún con su traje de comisario y su pistola.

A paso apresurado salió y caminó por la colonia obrera. Se topó con jóvenes y niños divertidos que jugaban ese extraño juego, pateando una pelota hecha de tela y que comenzaba a aborrecer. Eso lo enfureció más.

Salió de La Muralla y fue directo a la casa de Esperanza. Ese camino lo había hecho muchas veces, aunque nunca a la luz del día.

—¡Esperanza! Te dije que con ella no te metieras. Necesita cuidar a las niñas.

—Isidro, llegas temprano —expresó Esperanza.

—¿Por qué la hechizaste? Te lo advertí. Ella es mi mujer. Si se muere, ¿quién va a cuidar a las niñas? ¡Libérala! —le gritó. 

Esperanza no sabía de quién le hablaba. Había dado pócimas a varias mujeres en los últimos días.

—¡Me la vas a pagar! Me traicionaste. Ese no fue nuestro acuerdo.

Isidro ya tenía esos ojos de fuego, los mismos que le aparecían cada vez que golpeaba a los obreros para después encarcelarlos. En un ataque de coraje perdió la cabeza, sacó su arma y, sin pensarlo, le disparó en el estómago a la bruja, quien cayó al suelo.

El Comisario sintió arrepentimiento de inmediato. Desde que llegó a Juanacatlán, Esperanza calmó sus ansias muchas noches y hasta llegó a sentir que la amaba más que a su esposa.

Aún con el arma en la mano, salió corriendo, rumbo a la Estación del Tren de El Castillo. 

Al mismo tiempo, mientras la sangre de la bruja se esparcía por el suelo, Bernardina, en cama ya estaba fría. 

Las niñas ya no lloraban. Quizá se habían cansado de hacerlo.

Tres de ellas dormían en el suelo; la otra, la más pequeña, encontró la forma de pegarse al pecho de su madre y alimentarse por última vez de sus entrañas. 





Por Jesús Alejandro Martínez Vázquez



El cuento está inspirado en un artículo periodístico publicado en 1919 en el Diario El Informador.