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Thirty, flirty and thriving

Thirty, flirty and thriving

“Cumplí treinta. Frente a mí se extendía el portentoso y amenazador camino de una nueva década.” - Nick Carraway, El Gran Gatsby.


Desde hace algunos meses, la idea de cumplir treinta ronda en mi cabeza constantemente. Treinta, “la promesa de una década de soledad…” según Nick Carraway. Aunque no soy fiel creyente de que los ciclos terminan o comienzan con los años nuevos o con los cumpleaños, me parece que cumplir treinta tiene algo especial. Hay una dualidad en esa edad, entre sentirse demasiado joven como para estar divorciada y sentirse demasiado vieja como para estar comenzando a seguir un sueño que tenías de niña. 

Tal vez esta columna se ha tornado un poco más personal desde mi última confesión sobre Edward Bloom y mis ilusiones adolescentes. Pero hay una sensación placentera en compartir mis pensamientos con mis lectores (mi mamá y mis tíos). 

Los treinta son una década importante para el ser humano y quizá la crisis que los acompaña sea lo que los vuelve un elemento narrativo interesante. Una crisis que se basa principalmente en no estar en el lugar que proyectaste cuando eras más joven, en cualquier sentido: laboral, amoroso, económico, etc. El arte en general se ha asegurado de retratar esas frustraciones. No sorprende que el cine y la televisión nos hayan regalado ya, algunas narrativas en donde sus protagonistas están viviendo esa transición y se cuestionan constantemente sobre su lugar en el mundo, sus acciones pasadas y sus próximos pasos. 

Y ¿acaso la filosofía no nos invita a cuestionarnos a nosotros mismos?, ¿no son los treinta una edad decisiva para hacernos esos cuestionamientos? Cumplir treinta años abre las puertas a la vida de un adulto real justo al apagar la vela del pastel. 

Aún recuerdo bien que era demasiado joven cuando vi Si tuviera treinta, me llevó algunos años entender que la vida exitosa de Jenna Rink a los treinta, era solo una percepción idealizada de una chica de trece años, misma que proyecté para mí a esa edad. 

No mucho tiempo después vi el capítulo de Friends en el que Rachel, en su cumpleaños treinta, se siente frustrada porque no ha encontrado al amor de su vida y se da cuenta de que le quedan pocos años para casarse y tener una familia. Le pasó lo mismo a Julianne en La boda de mi mejor amigo. Por ese lado me sentí tranquila porque yo tenía conmigo al amor de mi vida o al menos quien pensaba que lo era cuando tenía apenas veinte años. 

Ya en mis veintitantos, Nick Carraway y Theodore me mostraron otro lado de los treinta. Sin idealización ni frustraciones, sino más bien un estado reflexivo como cuando Nick se da cuenta, en medio de una discusión que no le concierne, que cumplió treinta; o cuando Theodore, después del rompimiento con Samantha, se da cuenta de que crecer conlleva conocerse y aceptarse a uno mismo y que la soledad no es tan mala como creía. 

Decidí entonces, cual veinteañera ingenua, que no quería llegar a los treinta con esa cantidad de sueños rotos. Todavía durante el mes de septiembre, previo a mi cumpleaños, todos esos pensamientos se mezclaron en mi cabeza. Tal vez esperaba que justo al día siguiente de cumplir los treinta me creciera barba y apareciera un maletín en mis manos o cualquier indicación que me dijera: “Ya eres un adulto real”. Y aquí estoy, un día después de cumplir treinta, un número al que me había mostrado renuente. Mi vida no cambió de manera inmediata, pero tampoco se quedó donde la dejé ayer. Sigo siendo la misma persona, aunque un poco distinta. Mi vida no es como la de Jenna Rink y el amor de mi vida terminó por no serlo. Hoy lo más importante es que acepto quien soy o al menos lo intento como Theodore. 

Terminé por entender a Nick y sus reflexiones sobre la edad, los treinta sí son portentosos y amenazadores, pero también son el comienzo de una vida más consciente y responsable. En palabras de Fitzgerald: “Tengo treinta. Soy cinco años demasiado viejo para mentirme a mí mismo y llamarlo honor.”


Sobre la autora: Itzel Urzúa es amante del cine, la televisión y la literatura. Licenciada en Ciencias de la Comunicación y maestra en Humanidades.