Vengo de un Pueblo feo
VENGO DE UN PUEBLO FEO
-Algo que escuché el sábado en el Pro, en un evento contra los mecanismos de disputa de las empresas contra los estados (ISDS) en el contexto de la revisión del T-MEC.-
Me llamo Enrique. Quedé huérfano de escuela.
Vengo de un pueblo feo.
Se llama El Salto de Juanacatlán.
Pero antes de que lo llamaran feo, antes de que lo llamaran industrial, antes de que lo llamaran zona de vocación productiva, era un pueblo abrazado por un río.
El río no era paisaje.
Era el eje de la vida.
Cruzaba el pueblo por la mitad como una vena abierta que alimentaba todo.
En 1896 llegó la industria. Llegó con promesas de progreso, con máquinas, con telares, con una hidroeléctrica que encendía los primeros focos de Guadalajara. La mezclilla salía de nuestras fábricas. La energía también. Nos dijeron que éramos el corazón moderno del occidente.
Pero junto con las fábricas sembraron otra cosa: fragmentación.
Dividieron el territorio.
El río dejó de ser centro y se volvió frontera.
Donde antes había un solo pueblo, nacieron dos.
Y con esa división comenzó a sembrarse algo que no estaba en ningún contrato: el resentimiento.
En 1964 declararon la zona de “vocación industrial”.
Llegaron metalmecánicas, automotrices, farmacéuticas, alimenticias. Más de mil empresas.
El progreso ya no era promesa: era concreto, chimenea y descarga.
Y el río empezó a cambiar.
Primero murieron los peces.
Después los árboles de la barranca.
Cientos de miles de frutales se secaron.
El agua comenzó a oler distinto.
El aire también.
Y luego empezó a morirse la gente.
Cánceres agresivos.
Infartos prematuros.
Tumores.
Abortos espontáneos.
Niños con niveles de plomo como si trabajaran en una refinería.
Un estudio tomó muestra a 70 personas.
A 69 les espera el cáncer.
Otro estudio demostró metales pesados en la sangre de niños. El Estado lo recibió… y pidió confidencialidad. Diez años de silencio. Diez años mientras algunos ya estaban muertos.
Así funciona la modernidad cuando pasa por encima de un pueblo.
En 2005 la gente empezó a organizarse.
Ya no sólo era dolor: era rabia organizada.
Denuncias. Demandas. Amparos.
Se detuvo una termoeléctrica.
Se frenó otra.
Se clausuró un basurero que durante décadas recibió 5,500 toneladas diarias de basura metropolitana.
Pero incluso en la victoria había derrota: los lixiviados ya habían contaminado los mantos freáticos.
El agua potable dejó de existir.
La pobreza aumentó.
Las empresas presumían 55 mil empleos y miles de millones facturados.
El Estado reconocía miles de millones en impuestos.
Pero el Coneval decía que El Salto era el municipio más pobre de la metrópoli.
Nos quitaron el río.
Nos dejaron la enfermedad.
Y nos llamaron ingratos.
Hemos ido a todas las instancias:
Comisiones estatales y nacionales de derechos humanos.
Comisión Interamericana.
Tribunales.
Universidades.
Organizaciones.
A veces parece que la corrupción se disfraza de institucionalidad.
A veces la desesperanza se sienta primero en la mesa del desayuno.
El Estado tiene mentes brillantes —dicen los viejos—
y una ingeniería de conflictos muy eficaz.
Divide.
Desalienta.
Cansa.
Pero la vida está de por medio.
Hay días en que uno quiere rendirse.
Decir que ya todo está perdido.
Que el río ya no volverá.
Que los nietos ya nacieron enfermos.
Pero también hay otra pregunta que nos persigue:
¿Qué hiciste para defender la vida?
Porque quizá no logremos ver el río limpio otra vez.
Quizá no alcancemos la justicia completa.
Pero sí podemos fabricar una respuesta.
Y esa respuesta no se escribe en tratados ni en tribunales.
Se escribe en el cuerpo que resiste.
En la comunidad que no se va.
En la memoria que no se deja borrar.
El Salto no es un pueblo feo.
Es un pueblo herido.
Y los pueblos heridos, cuando despiertan,
no se rinden.
Sobre el autor:
Enrique Enciso es miembro de la asociación civil, Un Salto de Vida.
*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de La Cascada*