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Cuentos del Pueblo: Piensan que me olvidé de ellos

"Los dos hombres caminaron hacía la terraza de enfrente, llegaron a la orilla y se quedaron viendo flotar las balsas de mojarras muertas que se iban de filo por La Cascada"
Cuentos del Pueblo: Piensan que me olvidé de ellos

Amanecía.

El aire llevaba hacía las casas el olor del río recargado por las lluvias. Las gallaretas que nunca dejan de dar guerra comían larvas y recibían a los primeros pescadores de mojarras. En las calles del pueblo sólo se escuchaban los caballos que se dirigían a la ordeña, los que aún no arrancaban para el cerro afilaban gustosos los machetes y las casangas, era día de raya.

El poblado aún era próspero y había de tres: trabajar el campo, pescar mojarras o andar en las terrazas junto al río de mesero o de cancionero. La gente del pueblo vivía sin más esperanza que la de seguir haciendo lo mismo, eso que Juanacatlán les daba. En esos años los trabajos y el infortunio eran heredados, si tu padre era el borracho del pueblo, como por orden divino seguías con la herencia del infranqueable destino «Dios te ponía ahí y él es sabio».

 -Ya sabes muchacho que este río donde pescas mojarras viene desde Almoloya. En pocas palabras este es un río chilango que nace de manantiales, en donde el agua se viene revolcando con la tierra de los lugares por donde pasa, hasta que cae por La Cascada.

El hombre de pronto se quedó mudo, se levantó con sorpresa de la silla de tule para mirar una macha gris metálica sin forma que flotaba sobre el agua del río, vió que algo más brillaba cerca de la isla, como el sol comenzaba a rebotar su luz en los espejos que aumentaban en la superficie del río. Los dos hombres caminaron hacía la terraza de enfrente, llegaron a la orilla y se quedaron viendo flotar las balsas de mojarras muertas que se iban de filo por La Cascada, el río, nuestro río, nunca volvería a ser el mismo.

*

Los gastos son muchos y se nos están juntando. Quién sabe si vamos a llegar a la siguiente semana comiendo puro caldito de frijoles. Los tiempos de hoy ya no son como los de antes. Las mojarras ya nadie me las quiere comprar que porque traen veneno del río. Además, ya les dije que esa cosa negra que tienen en de las tripas es puro lodo revuelto. Hace seis meses nos ajustaba para comprar carne y no faltaba cuando uno pudiera estrenar zapatos o algún sombrero con las orillas bordadas.

Ya hace más de un año que no te compro ningún vestido nuevo para que vayas a misa, de seguro que las señoras en el templo ya te dicen "El retrato", pero no llores vieja, que esto no es culpa mía, sino de las reformas esas de la tierra que hizo el presidente y de la cochinada esa que aventaron las fábricas al río.

Antes hasta los elotes le dejaban a uno pa comer, y ahora, no sacamos ni pál maíz quebrado de las gallinas que ya no dan huevos. Vieja, le hubieras hecho caso a tu madre, te hubieras casado mejor con alguien que te evitará tantas penas. Mañana saldré a buscar nopales al cerro para acompañar de menos el caldito de frijoles con algo.

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-Don Victoriano yo creo que sí me voy ir pal Norte, estando aquí uno no saca de apuros a nadie. Hoy nadie me compró mojarras, y saco más pescados del río que antes porque siguen estando atarantados, pero ya nadie me los compra Don Victoriano. ¿Quiere usted sacar mojarras? Yo le digo donde van y se arrejolan todas allá pal lado del Tajo, ahí donde las raíces de un mesquite hacen un rescoldo junto con las piedras, nomás metes el balde y lo sacas atiborrado de mojarras.

-Maldito norte, yo no sé que chingados van a hacer allá. Mi hijo que en paz descanse sólo fue a que se lo comieran los buitres. Los pinches polleros me lo dejaron arriba de un mesquite muerto y cuando lo encontraron los de la migra no quedaba de él más que los puros huesos. Le dije que pa que se iba, que aquí se comía poco pero se comía, que había lugares donde ni eso tenían, pero nunca hizo caso-

-Ahora si que me voy por necesida Don Victoriano, un primo mío que esta en Chicago me va a prestar lo del pollero. No me voy porque quiera estar con los gringos, sino porque aquí ya no me queda de otra. Ya nadie quiere el pescado hediondo del río y en las parcelas no me contratan porque tengo una pata renca.

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Mi madre murió ayer en el Hospital Civil de un dolor en la panza. Ya no quedaba mucho de mi madre. Ella caminaba por las calles del pueblo con los arañazos del tiempo en la cara. Lavaba y limpiaba en casas ajenas para darle de comer a mis 6 hermanos. Mi padre siempre anduvo ausente por las borracheras. Poco lo veíamos, y cuando aparecía por la casa llegaba con unos ojos como de diablo, tirando la comida de la estufa y atiborrando a mi amá de golpes. Siempre he dicho que a mi me hubiera gustado tener más padre, alguien más en quien recargarme, pero uno aprende a nunca ocupar nada de nadie, a mi sólo me socorría mi madre y ora ni eso me queda. Dios me la tenga en su santa gloria.

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-Hermana voy arrancarme pal Norte, prométeme que te vas a quedar a cuidar a los hermanos, que no te vas a ir a echar novio tan lejos y tan tarde, ese Fidel nunca me ha dado buena espina, ya ha tenido tres mujeres y todas se le han muerto.

-¡AY! ya te dije que tu no eres mi apá para andarme diciendo con quien ande, Fidel me trata rebién y dice que me quiere.

-Ta bueno, ta bueno, no te endiables. Mi vieja se va a venir a vivir contigo por mientras, échense la mano, y en cuanto llegué allá y me den chamba, les mando algo. Cuídamela mucho que está en cinta.

-Ojalá que no te vuelvas como el hijo del cuetero, que ya cuando llegó al otro lado se olvido de su familia que tenía aquí en el pueblo.

-¿Cuando mi amá ha criado puercos en esta familia Verónica? Si me voy es para que aquí estén mejor, no pa quedarme a pasear con los gringos. No me olvidaré de ustedes.

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A Pedro y a mí se nos hizo tarde cruzando el río. Pedro se abrió la cabeza con una piedra cuando la corriente lo arrastró con sus manos, y yo, desde el tronco que me sostenía sólo pude ver como la sangre se le salía a borbotones de la cabeza y pintaba el agua del Río Bravo.

-Compadre nos vemos donde termina el río- me dijo con una voz sin aire-. Y esa fue la última vez que lo vi y que él me vio a mí.

En el paso del Norte tras dos días sin comida y sin agua, una cascabel me mordió en el talón al dar mi segundo paso en Texas, me mordió donde terminaba la correa del huarache, tantito más abajo. Sólo para la muerte no hay envidias. Piensan que me olvidé de ellos cuando llegué muerto a los Estados Unidos. Mejor me hubiera quedado a vender mojarras en mi pueblo.

Ramiro Corona.

Sobre el autor: Ramiro Corona es naturalizado por voluntad como originario de Juanacatlán Jal. Su pasión por la investigación le ha permitido conocer e instruirse en diferentes universidades alrededor del mundo. Es un voraz lector de literatura, un oportunista poeta y si bien es diestro para escribir, es zurdo en su pensamiento.

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