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Dominga: la Guardiana del Puente del Diablo

Dominga Urenda Torres, de 62 años, no es solo una vecina de Puente Grande; es el alma que, con dos banderas —una roja y una verde—, dicta el compás de quienes transitan por este estrecho paso de un solo sentido.
Dominga: la Guardiana del Puente del Diablo

Sobre las piedras centenarias del Puente del Diablo, ahí donde el viento arrastra historias y el rumor del río Santiago marca el ritmo de los días, vive una mujer que ha convertido la vigilancia en un acto de fe.

Dominga Urenda Torres, de 62 años, no es solo una vecina de Puente Grande; es el alma que, con dos banderas —una roja y una verde—, dicta el compás de quienes transitan por este estrecho paso de un solo sentido.

Su historia con este lugar no es nueva; es una raíz profunda que se extiende por más de tres décadas. "Tenemos 35 años trabajando ahí", comparte.

Para Dominga, su labor trasciende el simple control del tráfico; es un compromiso con la integridad de los demás. Con el brazo firme, agita sus colores para evitar que la prisa se convierta en desgracia: "Estamos parando para que no se vayan a meter o se vayan a caer al río". Esa dedicación ha calado hondo en los conductores, quienes ven en ella a una protectora. "Toda la gente me dice: 'Muy buen trabajo que está haciendo usted', porque de ahora que usted está aquí no ha habido accidentes", relata con orgullo.

A pesar de las jornadas bajo un sol que califica como "bien pesado", Dominga no flaquea. Se turna con su hija para que el puente nunca quede solo, demostrando una resiliencia que nace del amor a su familia y a su comunidad.

La "Guardiana" no espera un cheque del gobierno; su sustento es el reflejo de la gratitud directa de la gente. "La gente que pasa nos da... y con eso lo vamos pasando para comer", explica con la dignidad de quien sabe que su trabajo tiene un valor real. Desde unas monedas hasta ropa de segunda mano que ella misma vende, cada gesto de los automovilistas es el motor que mantiene encendida su voluntad: "De aquí va saliendo para el frijol, para la gorda, para comer".

Cuando el sol comienza a caer, cerca de las siete de la noche, Dominga guarda sus banderas, pero deja en el aire la tranquilidad de un día sin percances. En un mundo que suele correr sin mirar atrás, ella se queda ahí, firme en el Puente del Diablo, recordándonos que el orden más importante no es el de las máquinas, sino el que nace del cuidado y el corazón de una mujer.